Yo no fui

Una característica muy española consiste en la práctica de la protesta atolondrada, esto es, en poner el grito en el cielo como primera medida ante cualquier acontecimiento. Si la analizamos con cierto detenimiento nos daremos cuenta de que se basa en el principio según el cual “la mejor defensa es siempre un buen ataque”. Por ejemplo, si ante un asesinato comentamos: “Es una vergüenza, debería haber más policías”, no sólo aprovechamos que el Turia pasa por Valencia para meternos con el Gobierno, sino que también lanzamos un mensaje a nuestro alrededor certificando que nosotros no hemos sido.
Esas masas que se juntan a las puertas de las comisarías para increpar a los detenidos no son sino ciudadanos de mala conciencia a los que les sirve cualquier chivo expiatorio para cargarle el muerto y liberarse ellos sin importarles un comino la culpabilidad del individuo.
Con el capítulo de las nevadas pasa algo parecido. Los gritos de “No hay derecho”, “Es una vergüenza” o “En Somalia esto no pasa” se comienzan a oír desde que caen los primeros copos hasta que llegamos a casa. Da lo mismo que gobierne el PSOE o el PP, siempre hay improvisación, siempre faltan quitanieves y siempre “vivimos en un país del tercer mundo”. Claro que para evitar estas críticas el Gobierno de turno tendría que tener un puesto de bebidas calientes cada cien metros, un quitanieves para marchar delante de cada turismo y un servicio de azafatas en minifalda que no sólo nos suministren las cadenas, sino que también se presten amablemente a instalarlas en las ruedas, mientras nosotros las observamos calentitos desde el interior del coche. Quizás así el Gobierno de turno se ganaría algún piropo.
Del Prestige tuvo la culpa Cuiña; del 11-M, Aznar; de la nevada, ZP… si nos llega a alcanzar el maremoto, tomaríamos por asalto la sede de la Sociedad de Salvamento y Seguridad Marítima, aniquilando a sus dirigentes.

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