Una de crepúsculo

De visita en un Mundus Patet

Que levante la mano quien sepa esta pregunta: ¿Cómo puede ser una fiesta popular en la España laica, llamándose Halloween y dando carta de naturaleza a los fallecidos? Pues lo es, e incluso los colegios hacen puente para que nadie se quede sin su ración de susto y muerte.

Para otro momento dejamos disquisiciones antropológicas sobre el Samhain como antecedente del Halloween, porque efectivamente, como ocurre con todas las fiestas y tradiciones de calendario, apenas hubo modificaciones sustanciales desde hace milenios. La posición de la tierra respecto al sol determina las conmemoraciones anuales y el Halloween es una más, porque lo contrario, no ir con el sol, es imposible.

Lo destacado, lo novedoso, lo singular es el grado de aceptación con el que hemos incorporado las costumbres festivas del Halloween y el desparpajo con el que la mayoría de los medios nos referimos a esta noche como “la más terrorífica del año”, sin saber muy bien por qué, ni por qué no.

El niño se disfraza de cadáver viviente y pide chuches por las casas convencido de que sus antepasados también lo hicieron para dar testimonio del Mundus Patet, o sea, de la fecha en la que muertos y vivos pueden establecer comunicación directa porque la puerta del ultramundo está abierta, si bien para los romanos esto ocurría el día 8 de este mes, y no el uno.

Contrasta el auge de esta celebración por el marcado sentido religioso que la anima, aunque se lucha por todos los medios para presentarlas con su cara laica y descreída. Sin embargo, ¿cómo va a ser descreída una fiesta basada en la comunicación entre vivos y difuntos? ¿Acaso no se trata de certificar que existe algo más después de la muerte? ¿Hay alguna idea más religiosa que ésa? ¿Quién pone los zombis? ¿El ayuntamiento?

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