Los cínicos censores

Nada hace predecir que el nuevo tripartito enmiende la plana al anterior en todo lo relativo a la política cultural y lingüística, motivo por cual el sector editorial ha decidido que tampoco es necesario esperar más tiempo para repetir las quejas que ya había planteado con Maragall.
El lamento librero es fácil de entender. Basta repasar con ellos las cifras del sector para comprobar el disparate. En Cataluña se editan más de la mitad de los libros españoles, de los cuales sólo el 17 por ciento lo hacen en catalán. La política de la Generalitat sólo contempla que estos últimos son dignos de ser promocionados, divulgados o paseados por el exterior, con lo cual está dando la espalda a la inmensa mayoría del sector. Un sector que es catalán como el que más; con empresarios, trabajadores, autores y lectores catalanes que reciben como premio a sus esfuerzos por la cultura el desprecio, la burla y la discriminación de sus administradores. En definitiva, que a todos ellos se les dispensa la categoría de represariados políticos. Y todo porque editan, escriben o leen en otro idioma. Eso sí, pagando las tasas e impuestos correspondientes.
Se pueden concebir fórmulas de censura más terroríficas, pero quizás no más cínicas.
A la injusticia social y a la dictadura cultural se une también el deterioro que el sector librero catalán sufre en sus salidas a las ferias internacionales, la pérdida de peso específico en el mercado mundial y el aislacionismo que se está labrando año tras año.
La Generalitat pensará sin duda que su labor de zapa para destruir una actividad pujante y consolidada responde fielmente a una política de excelsos ideales, pero que lo piense la Generalitat no es impedimento para que se trate de un bibliocausto tan indigno y facineroso como el que se achaca a todos los depredadores de la cultura que en la historia han sido. El orgullo que puedan sentir los nacionalistas en tal hazaña acabará estudiándose en los anales del totalitarismo, no en las antologías de la libertad.

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