Un problema de educación

Mas desconfía de la actual dirección socialista. Como para no hacerlo.
Uno de los momentos estelares de ZP fue aquella ocasión de la Cumbre Euromediterránea en la que su voz se cuela por un micrófono y gracias a ese despiste conocimos la intensidad de su calado político. “Hay que cerrar un acuerdo como sea, vamos”, ordena furioso. Tanto vale salir juntos de chatos con un palestino por las herriko tabernas, como declarar obligatoria la camiseta de felpa; el caso era presentar a la prensa un fruto de las jornadas.
Pero si la primera parte de la frase era enjundiosa, la segunda no le va a la zaga. “Como sea”. Es decir, sin reparo a la hora de conseguirlo; por ejemplo, retorciéndoles el brazo contra la espalda.
Ahora se trata de llegar a un acuerdo con ETA y tampoco está claro cuál ha de ser, ni cómo ha de lograrse, dos aspectos que la otra parte contratante tiene diáfanos desde el principio. Quieren todo, lo quieren ya, y a cambio sólo ofrecen la remota posibilidad de que si lo obtenido está a su pleno gusto, cabe pensar, en un futuro desconocido, que dejen de apretar el gatillo.
Como para salirse con la suya, Euskadi ya no sería España, ¿ante quién realizan su promesa? ¿Ante un futuro estado vecino? Y sobre todo, ¿vale algo su palabra? ¿Qué debe ZP a ETA?, pregunta Alcaraz. ¿Qué debe España a ETA?, parafraseamos desde aquí.
ZP cree o hace creer, que quienes se manifiestan en contra del proceso de rendición lo harían siempre y en todas circunstancias, porque son enemigos políticos suyos; pero no es cierto ni por el forro. En este contencioso lo que realmente indigna son las formas, los vaivenes, las traiciones, el desprecio y la insolencia con los que se adereza desde el principio. Ni siquiera se trata de discutir el fondo, o sea, los aspectos que entran en el campo de la plena ilegalidad, como es todo lo que afecta a la Constitución. Es más pedestre que eso. Es un problema de educación.

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