Cuando ruge la rotativa

Zarzalejos a Losantos. Losantos a Margarita. Margarita a San Sebastián. San Sebastián a Sopena. Sopena a Pedro J. Pedro J. a Cebrián. Cebrián a Vidal. Vidal a Zarzalejos y vuelta a empezar.
La profesión se parece a la de aquellos tiempos idos en los que se escribían editoriales con la pistola cargada en el cajón, o el florete colgado de la pared, que hasta vino un profesor francés de esgrima para que los periodistas madrileños tuviesen la suficiente habilidad con el acero como para no pincharse a las primeras de cambio.
No fue la época más brillante del periodismo español, pero sí la más activa. Los duelos no resuelven nada, pero dan muy bien en el cine.
Afortunadamente, hoy la profesión se tira al cuello con gran facilidad y sin florete. Acaso con fotos comprometidas, mentiras, sexo y cintas de videos. Nada de importancia. El punto en común entre las dos épocas periodísticas es el tremendo error de ser o creerse el protagonista de la noticia, cuando el cometido profesional dicta todo lo contrario, es decir, hacer de cada noticia una protagonista.
El ambiente está caldeado, es cierto. Entre el 18-J con FFB y el 11-M con ZP, nunca pugnaron dos interpretaciones políticas tan opuestas e incompatibles como lo hacen hoy, arrastrando detrás a dos nuevas Españas, de ésas que han de helarte el corazón. En este panorama, a la prensa le cuesta trabajo mantener el equilibrio por cuanto las dos tienen de dispares, y se ve abocada a tomar partido, a bajar a la arena del debate, a salir en titulares.
De la trifulca, gresca o sucesivas escaramuzas que se produzcan se derivará un importante balance de heridos. Ya los hubo, de hecho.
Convendría recordar que el público, aunque lo demande, no paga por ver a dos plumillas desplumándose, sino por una información y un criterio que les permita tomar con rigor sus propias decisiones. Para salsas rosas ya está la del tomate.

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