Criando lumbreras

Un quinceañero propina una paliza al profesor que le llama la atención y su amiga lo graba en un móvil. A continuación se produce cierto mercadeo con las imágenes entre los alumnos y los medios de comunicación.
He aquí un retrato descarnado de cómo van las cosas y de la miseria a la que cabalgamos desbocados. Ignorancia, violencia, falta de autoridad, supina amoralidad y envolviéndolo todo, esa nefasta mezcla de tecnología, dinero y televisión.
Alguien dirá que se trata de un hecho aislado y tendrá razón. Todavía hay centros escolares en los que no han sucedido episodios similares, pero hablen con los profesores y pregúntenles cuánto tiempo calculan para que la enseñanza pase a ser un bonito recuerdo de la escuela peripatética. Gracias al esfuerzo encomiable de una panda de pedagogos asilvestrados, con la complacencia de la clase política y el aplauso de buen número de padres reacios a que su chiquitín sufra el más mínimo trauma ante el teorema de Pitágoras, los peripatéticos hoy ya sólo son patéticos, y a poco que nos esforcemos, pronto no serán ni eso.
Como ya habrá adivinado el lector perspicaz, mi humildísima opinión sobre los derroteros modernos de los planes y sistemas educativos no es especialmente positiva, aunque siempre la pondría por delante de la lobotomía, la ablación del clítoris y los lavados de cerebro mediante voz rodada o confusión programada, propios de sectas y organizaciones terroristas. Que conste. El actual sistema educativo español es menos dañino que cualquiera de las técnicas reseñadas, pero tampoco mucho menos.
Este pesimismo se ve refrendado día a día por comparativas internacionales, por el testimonio de los docentes, por noticias como la de hoy que afloran a los medios en porcentajes escasos y por la mera observación, especialmente cuando me asomo a la ventana esas noches de la semana que todos sabemos.
Por lo demás, todo bien.

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