Buenos y malos

Los 123 opositores a la plaza de arquitecto técnico están tristes y alicaídos por el hecho de que sus 123 exámenes han sido triturados y reducidos a serpentinas bajo un gobierno bipartito y progresista, y no a manos de los fraguistas con mayoría absoluta y todo absoluto.
Los que han realizado un buen examen están tristes como lo estarían si en la Xunta mandase Fraga, pero a la par también están alicaídos porque el revuelo que se podría haber armado en el caso de pillarles la trituración hace unos meses, bastaría para que les diesen a todos las 123 plazas como mínimo.
Algo parecido les ocurre a los damnificados por las riadas que llegaron del monte pelado. Cuando la masa negra y viscosa avanzaba sobre el mar al encuentro de las playas daba gusto tener un gobierno al que se le podía zurrar sin contemplaciones, que para algo era de derechas. Pero amiguiño, eso de sacar todos los días las huestes de paseo no depende del daño recibido, las indemnización a cobrar o el origen de la catástrofe, sino del color del político de turno.
Nada extraño en la actualidad, cuando el propio presidente del Gobierno concede legitimidad política a una banda de pistoleros y se la quita a organizaciones democráticas, a individuos de contrastada actitud pacífica y a las propias víctimas de los maleantes. No se localiza fácilmente mayor arbitrariedad en los libros de historia. El ciudadano acabará creyendo que en alguna siniestra oficina se reparten patentes de corso para insultar, hostigar y golpear como la que disfrutaron las juventudes hitlerianas en los momentos previos al advenimiento del pensamiento único.
Tal parece ser el objetivo que se persigue, criminalizar a la derecha hasta que ya nadie dude de la conspiración judeo-vaticana, infiltrada por las rendijas de la democracia como humo de Satanás.
¿No les suena el discurso a reciente?

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