Acabar con los muertos

Sin muertos sobre la mesa, ETA no habría llegado a Estrasburgo, ni ZP habría podido iniciar el proceso de paz, ni Batasuna sería ilegal, ni De Juana Chaos se habría convertido en ese personaje que sirve para mirarse en él y comprobar lo desalmado que puede llegar a ser el género humano.
La clave, por lo tanto, son los muertos y sus asesinos.
Cómo hacer justicia a ambos sin renunciar a la búsqueda de fórmulas que mejoren los niveles de convivencia es el nudo gordiano que espera a un Alejandro para desatarlo. O para cortarlo, como al final resolvió el Magno.
En un principio se intentó acabar con los asesinos asesinándolos y lo único que se consiguió fue un notable incremento en la nómina de delincuentes, con el agravante de que los nuevos, a la par que ilegales, también eran funcionarios del Estado.
La nueva estrategia consiste en acabar con los muertos. Si no hay víctimas, no hay asesinos, y por lo tanto el Estado se puede sentar con ellos a negociar lo que haga falta, como se haría con una legación danesa.
En ambos casos se trata de que quien supuestamente actúa desde los principios de la ley reconozca su inutilidad, la desprecie y elija caminos cambullones, a cada cual más estrafalario, haciendo cuchufletas a los gobiernos que, inocentes ellos, se limitaron a aplicar las leyes como a todo hijo de vecino.
Ahora dictaminan los juristas algo que brillaba por su obviedad desde el principio. Batasuna no podrá legalizarse ni con el mismo nombre, ni saltándose el trámite de rechazar la violencia, como ellos siguen manteniendo muy ufanos.
Pero da igual, el proceso _ no se sabe a dónde _, es imparable, y quien le ponga inconvenientes es un mal nacido que quiere toparse con más funerales en el futuro. El proceso de paz, dicho así, con esa rimbombancia napoleónica, está por encima de la ley y por encima de todo porque es una ocurrencia del chico de oro, del nuevo Alejandro.

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