Los nuevos cruzados

La revisión histórica de episodios como el de las cruzadas permite que hoy contemplemos aquellas movilizaciones con menos romanticismo y menor carga ideológica de la que venía aplicándose al efecto. La barbarie, la destrucción y el pillaje afloran por entre los nobles objetivos que hasta el siglo XX primaban en los relatos de los cruzados.
Desde que la corriente islámica salafista, defensora de retomar la primigenia tradición de Mahoma, une sus anhelos religiosos al concepto de la jihad, o lucha contra el infiel, el concepto de cruzada invierte la dirección de los ataques, y lo que antes eran masas de Occidente contra Oriente, y de cristianos contra infieles, ahora son terroristas islamistas _ que no son el Islam_, contra los infieles, que somos nosotros.
Los dos periodistas franceses recién liberados dicen que sus secuestradores son de ideología salafista y escamotean el adjetivo jihadista, quizás porque permanecen bajo el síndrome de Estocolmo, o porque los grupúsculos que imaginamos en la órbita de Al Qaeda son tantos y tan incontralables que cada uno hace la cruzada por su cuenta.
Si en el primer caso tardamos siglos en exponer con claridad la verdadera naturaleza de las expediciones enviadas a Tierra Santa, con esta jihad de retorno no pasa lo mismo. Hoy ya sabemos que debajo de la ideología y la religión existen fuertes componentes de conquista, de imperialismo y de vulgar delincuencia.
Por eso, cuando los dos periodistas dicen tras cuatro meses de secuestro que no se ha pagado rescate por ellos, hay que echarse a temblar, pues si no es dinero lo que medió entre el cautiverio y la liberación, se abren las puertas para pensar que bien pudo existir una contraprestación política, y entonces no sabemos qué opción es la peor.
En Francia respiran felices en vísperas de la Navidad, pero todos guardan un amargo silencio sobre el precio del alivio.

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