Cultura de altura

El logo de Belloch

A la nacionalización de Ikea no le vamos a dedicar más de una línea. Todos estamos de acuerdo en que una empresa tan rentable debe ser nacionalizada para compensar los rotos producidos por otras privatizaciones.

Lo que no está tan claro es la nacionalización de la Capital Europea de la Cultura para el año 2016, sobre cuyo actual adjudicatario, San Sebastián, hacen recaer las sospechas de protagonizar un chanchullo de libro, como corresponde al hecho cultural.

Ya saben que los alcaldes de Zaragoza y Córdoba, dos de las seis ciudades que eran candidatas, han recibido unos anónimos incriminatorios que ponen en entredicho la limpieza del proceso. Señalan los escritos la presencia entre los votantes de una persona llamada Cristina Ortega, que viene a ser asesora cultural del Gobierno vasco, y que se gana muy bien su sueldo, como se puede apreciar.

El episodio refuerza la fundada creencia popular según la cual no existe elección, oposición, concurso o votación de cierta relevancia que no esté impregnada de vicios formales; es decir, compra-venta, nepotismo, amiguismo, imposición, mafia o simple corruptela, ya sea para elegir la sede del Campeonato Mundial de Canicas, ya para la capital de la Cultura, que es esa cosa tan seria y tan sesuda que nos diferencia de los bichos. No obstante, a la vista del follón armado cabe pensar que la actual cultura es lo contrario de lo que creía Freud, pues si para él la ventaja del saber era que sirve para reconstruir cuando estamos a punto de derrumbarnos, esta elección acaba de demostrar que en caso de derrumbe, va la cultura y nos clava la puntilla.

A Belloch, alcalde socialista de Zaragoza, le habían pronosticado el triunfo de su ciudad, porque no se lo iban a Córdoba, que ahora es del PP, ni a San Sebastián, que es de Bildu. Excelso silogismo.

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