Explotar cabezas

Que en las fiestas de moros y cristianos ya no exploten las cabezas de Mahoma, y que los cristianos se limiten a ganar la batalla sin hacer cuchufletas de los vencidos no es fruto de una sosegada reflexión de los representantes comarcales en torno a una paella, sino consecuencia del miedo.
Es más, sin ese miedo que el terrorismo busca como fin principal de sus acciones desde que Maximilien de Robespierre descubrió sus ventajas para el control de las masas, cualquier iniciativa en ese sentido habría encontrado la férrea oposición de las autoridades en aras de la tradición.
Todo ello viene a demostrar a ojos de quienes ejercen la violencia la utilidad de sus acciones y con qué facilidad pueden mudar costumbres y actitudes prendidas por la repetición durante siglos.
A diferencia de la ópera Idomeneo, el caso levantino no va a encontrar la defensa que ampara la libertad de expresión occidental. La cabeza de Mahoma puede dejar de explotar y serán muy pocos los que se atrevan a reclamar el chupinazo en un futuro, entre otras razones, porque en efecto, la práctica es ofensiva para los creyentes.
Ahora bien, si encontrásemos justificación en poner bombas para evitar todo lo que ofende a un grupo político, religioso, nacionalista o de género, el terrorismo daría paso a la guerra, que en este caso es santa por cuanto busca la implantación de un credo.
Por esa razón, quienes alaben la desaparición de la costumbre en los ayuntamientos del Levante español, deberían meditar un instante sobre las causas que la provocan, el miedo insuperable a mayores males que no están dispuestos a enfrentar. Cabría preguntarse en este momento, qué costumbres, ideas o sentimientos estaríamos dispuestos a ceder ante el chantaje, y si descubrimos que son muy pocos, a lo mejor quienes manejan el miedo tensan la cuerda hasta dejarnos sin ninguno.

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