Todo es posible

Plurinacional es poco. España es, por lo menos, pluriinternacional y ojalá lleguemos a pluricósmicos, como el bar de Star Wars, donde se daba cita lo mejorcito de cada galaxia. El problema es quién lo decide y cómo se llega a tales objetivos.
Si nos ponemos a discutirlo entre todos y al final nos sale un estado confederal de estados, una nación con provincias o quinientos cantones, pues mira tú, carretera y manta. Lo malo es que esos ejercicios los venimos abordando a razón de tres por siglo desde que don Rodrigo perdió en la Janda, y claro, así no hay quien entienda que después de reinar Isabel I en los albores e Isabel II en el XIX, hoy la tengamos armada con Leonor I. Eso, entre otras menudencias territoriales, idiomáticas y competenciales, que más parecen patio de monipodio que actividad política.
Va a resultar cierto aquel viejo diagnóstico que achacaba la inestabilidad de regímenes españoles a una suerte de excusa permanente para no hacer lo que hay que hacer, para no encontrar nunca el centro de gravedad permanente que buscaba Franco Battiato, inmerso seguramente en un caos personal caleidoscópico.
Al contrario de lo que sus partidarios transmiten sin recato, lo odioso de las reivindicaciones territoriales o competenciales no son las reivindicaciones en sí mismas, sino el modo y los métodos que suelen acompañarlas, sin que por supuesto, entremos nunca en considerar los terrorismos y demás coacciones como argumentos válidos para conseguir nada.
El proceso del Estatut, por ejemplo, es fiel reflejo de todo ello. De cara al exterior, en ningún momento se logró distanciar de la idea, equivocada o no, de que en la negociación pesaba el chantaje, o que se estaba haciendo algo irregular. La impresión la confirma Múgica con su recurso, pero ése es otro cantar.
Algo se debería hacer al respecto.

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