¡Oh, la Constitución!

No vamos a decir que la regulación del orden hereditario de la Corona española sea un tema menor, ni mucho menos, pero de ahí a que haya que esperar a cada nuevo embarazo de la princesa de Asturias para que se escuchen graves voces ponderando la vigencia, magnificencia y solvencia de la Constitución, resulta, como poco, sospechoso y contradictorio.
Da la sensación de que el único artículo de la Carta Magna al que debemos fidelidad extrema es el 57 del Título II, precisamente aquél sobre el que la inmensa mayoría de los españoles está en desacuerdo, aquél sobre el que existe consenso para su reforma, y aquél que admitiría una interpretación bipolar o sibilina para mantener a la infanta Leonor como heredera.
Porque para interpretaciones libérrimas que se vienen haciendo sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, basta comenzar la lectura de la Constitución por el Título Preliminar para constatar de que se toman a chirigota todos y cada uno de los artículos fundamentales de la Carta, desde la soberanía nacional _ que reside en el pueblo español y no en una parte de éste _, a la indisoluble unidad de la Nación, pasando por la lengua oficial del Estado y la presencia de los símbolos y banderas, y eso por no salirnos del Título Preliminar.
Como hoy por hoy, el único artículo susceptible de reforma es precisamente el 57 y como es un artículo que en teoría no nos debe afectar hasta dentro de un porrón de años, es razonable que el Gobierno no considere de urgencia abordarla. Urgente es la aplicación del resto de los artículos, porque son éstos los que influyen en el día a día, marcan las reglas del juego y permiten a cada ciudadano saber a qué deberes está sujeto y qué derechos le amparan. Por ejemplo, ¿le ampara la Constitución a los padres que desean una educación en castellano _ la lengua española _, en cualquier parte del territorio? No, padre; no le ampara. Bueno, pues eso.

Comenta