De periodismo

Desde hace tiempo, el Col.legi de Periodiste de Catalunya es una institución potente y saneada. Sin embargo, estas circunstancias, que son la envidia de los organismos parejos en el resto de España, no se han traducido en unas dosis mayores de independencia respecto a los poderes políticos, que es una de las condiciones imprescindibles para el correcto ejercicio del periodismo. Cabe suponer que la buena marcha de la tesorería colegial esté íntimamente relacionada con algún tipo de concesión, legal, por supuesto, obtenida de forma graciosa por parte de las administraciones públicas, que nada le piden a cambio.
Si esto fuera así, no sería arriesgado pensar que, poco a poco, el Col.legi iría cogiendo cada vez más apresto a oficialidad y menos apego por la bohemia, la independencia y el libre pensamiento del periodismo, viejos resabios de cuando cada cabecera tiraba por la calle del medio y hacía de su capa un sayo para uso y disfrute de sus lectores que ávidos las devoraban sin pararse a pensar lo que allí había de ética periodística, sino de sacrosanta libertad de expresión.
El hecho de que ahora el Col.legi apunte con el lápiz rojo del censor contra tres medios y de rebote, contra todos los que no comulgan con una versión oficial, o con dos, o con tres, no deja en buen lugar su condición de “agrupación de profesionales” y se escora tanto hacia lo políticamente correcto _ o sea, lo que a mí me conviene _, de los gobiernos catalán y español, que al periodista que suscribe le sobreviene un gusto inmenso al constatar que no pertenece a esa institución y que sí pertenece a la Asociación da Prensa de Lugo, al Colexio de Xornalistas de Galicia y a la FAPE, y que si algún día alguna junta directiva de una de esas tres instituciones se molesta en redactar una nota como la salida estos últimos días del Col.legi, tenga por seguro que presentaría mi solicitud de baja en el transcurso de los diez o quince minutos siguientes al enterado. ¿Enterados?

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