La misma cosa es

A Al Hallaj, mártir, mesías y maestro del sufismo, se le atribuye esta frase dirigida a un discípulo: “Debes saber que judaísmo, cristianismo e Islam, como las otras religiones, no son más que denominaciones. El objetivo buscado a través de ellas no varía ni cambia jamás”. La pronuncia en el siglo X y en su sencillez encierra los principios fundamentales de cualquier religión que se tenga como tal. A él y a otros iluminados muy anteriores no les cuesta trabajo llegar a esa conclusión porque es la única compatible con una idea de Dios, sea ésta la que sea.
A las instituciones les resultó menos atractiva, porque al fin y al cabo, las bases de su existencia son las diferencias con las otras, y no los puntos en común. Hoy, once siglos después, debemos pensar que la gran mayoría de los creyentes en las tres religiones del Libro, y otros muchos fuera de ellas, como ya señala Al Hallaj, comulgan en esa idea. Si se mantienen las diferencias es porque perviven las instituciones y las costumbres formales.
Cuando escuchamos esas amenazas vociferantes de oscuros clérigos que tratan de arrogarse la representación del Islam, que amenazan con cortar cuellos hasta que se produzca una conversión masiva y que, día sí y día también, llaman a la guerra santa, nos parece ver cómo resucitan aquellos patéticos personajes de cómic que los creadores del Capitán Trueno ponían delante del héroe para justificar los mandobles y los ¡voto a bríos! que semanalmente les dedicaba el eterno novio de Sigrid.
Cierto que detrás de cada soflama se levantan masas de fanáticos rompepiernas y que varios gobiernos confesionales las alientan con evidente finalidad política, pero ni una cosa ni la otra son justificación suficiente para que Occidente caiga en dos graves errores, cuales sería identificar Islam y maldad, o lo que es tan terrible, identificar Occidente con dejadez y dejación. La primera afecta a buena parte de la población. La segunda, a ciertos políticos.

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