Oriana Fallaci

Lo primero que hay que decir hoy es que el mundo de las libertades ha perdido a una luchadora valiente, inteligente y eficaz. El consuelo ante la desaparición de Oriana Fallaci para quienes apreciaban ese trabajo es saber que su ejemplo ha prendido sin duda en otros muchos jóvenes periodistas que tarde o temprano la tendrán como referencia.
Serán aquéllos cuya sólida formación y alta estima en los valores de la convivencia les impedirán callar la boca mientras existan poderes políticos o religiosos que los desprecien, ataquen o ridiculicen, así les cueste navegar contra corriente, enfrentarse a los de arriba o cuestionar actitudes acomodadas muy queridas por la masa.
Por hacer todo ello, Oriana Fallaci sufrió en vida la amenaza de los pesebristas, de los incultos y de los rastreros. Ítem más, la comienza a sufrir nada más fallecer, pues sus rebuznos no se han hecho esperar y ya se les escucha supurar por las heridas que la voz y la palabra de la italiana había conseguido abrirles en su costra de cenutrios integrales.
Y no han de ser los fundamentalistas islámicos los que más destaquen en sus insultos, sino aquéllos que en sus libros los señala como Opas y Julianes, los traidores, corruptos o ignorantes que no entienden de grandes ideales, los que se recrean en sus propias bajezas y dan muestras constantes de desprecio por todo lo que sea sublime y elevado, los que no se apean de frases escatológicas y los que destacan en el fango.
Decía ella que la enfermedad de Occidente era más grave que la suya, y se le entendía muy bien el razonamiento, pues si en su caso le afectaba a los tejidos, el mal que denunciaba entre los suyos corroe fibras que se escapan a los médicos y que destrozan por entero, no a un cuerpo, sino a generaciones de millones de personas.
Un consejo por si quieren aceptarlo. Si oyen hablar mal de Oriana Fallaci, desconfíen. Su interlocutor puede traicionarles en cualquier momento.

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