La medalla del amor

Con este Gobierno pasa lo que al novio/a desinflados, cada día soy más feliz que el siguiente. Eso te permite disfrutar mucho más de cada jornada, pues sabes que en veinticuatro horas seguro que empeora.
Ahora que se anuncia la crisis obligada por sus componendas políticas, da pie para meditar si lo que está verdaderamente en crisis es el Gobierno, o son los bienes que les ordenamos gobernar, y claro, cada uno contará la feria con el color de su Ray-Ban.
España, esa cosa que preside ZP, es cada día más pequeña y desarbolada; su mapa, su idioma, sus leyes, su bandera y su nombre son tratados a patadas dentro del Estado sin que a nadie parezca importarle un comino, o más bien, a plena satisfacción del ejecutivo, como si se le hubiese encargado la custodia de una enorme quinta y ya estuviésemos camino del huertín.
Los ilegales se multiplican a más de mil por día, como no podía ser de otra forma con las medidas adoptadas. Pero cuando creíamos que ése era el fin último de la política de inmigración, ahora se descuelgan diciendo que lo van a parar, que eso no se pueden consentir.
De Cataluña y el País Vasco, mejor no hablar. Ésos ya han cogido su hatillo y no sólo caminan a su aire, sino que lo hacen subvencionados y dedicándonos cuchufletas para más inri.
Por si fuera poco, el islamismo radical _ ése contra el que sí se puede estar sin miedo a caer en racismos _, amenaza de muerte a escritores y periodistas, que curiosamente son los mismos que se expresan más críticos con ZP.
El 11-M vomita día sí y día también unos detritus que ponen los pelos de punta y nos hacen dudar hasta de la honradez de los cartujos, que los pobres ni salen de sus refugios. Treinta niños burgaleses se arraciman para apedrear, apedrean los gitanos y cuidado con protestar.
La medalla del amor. Hoy te quiero menos que ayer, pero mucho más que mañana.

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