El país de nunca jamás

El capítulo de trapisondas evanescentes puede iniciarse hoy con el cruce protagonizado por los señores Blanco y Maragall. Ambos difieren sobre la cantidad de Estado que cabe en Cataluña, y no es canija la diferencia que les separa en sus estimaciones, pues si el primero mantiene que todo es Estado, para el segundo, lo que queda de éste en las cuatro provincias no llega ni para llenar una botella de cava.
A tan elástica medición política y geográfica se llega después de una concienzuda labor demoledora que el propio Blanco y el resto de los picapedreros encargados de las obras negaban por activa y por pasiva. Aquí no se está demoliendo nada. Ésas son paranoias del PP. Bueno, pues ya tienen a otro paranoico dentro de su partido. El señor Maragall hace suyas las tesis del señor Rajoy y dice que el Estado en Cataluña se fue a tomar el fresco, excepto un istmo que caerá en la próxima tacada. Eso sí, cuando el Rey o el presidente español visiten su territorio serán recibidos con banderitas rojigualdas, igualico igualico que si vinieran los de Puerto Rico.
En idéntica línea Paco Clavel, última moda en política, tampoco está nada mal la presencia de las autoridades y representaciones gallegas en la mani de Santiago, bajo el lema “A mí con ésas no me vengas”, que ha dejado muy alto el listón del disimulo.
Y como traca final de este agosto convulso cabe apuntar los temores de Interior a que ETA ponga un muerto sobre la mesa de negociaciones el próximo mes de noviembre, época tradicionalmente dedicada a los difuntos. Ante tal eventualidad siempre se puede esperar la opción de echarle las culpas a la oposición por no haber comprendido la magnificencia del proceso de paz, y manifestarse luego en compañía de la AVT. Cualquier cosa antes de reconocer que con el Estado no se juega, que quien gobierna es el responsable y que con pistoleros no se negocia.

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