Adormilados

Desde que convivimos con las especulaciones sobre el origen, ejecución y finalidad del 11-M, el umbral de asombro está por las nubes y ya puede aparecérsenos san Pantaleón disfrazado de rana que apenas torcemos el cuello para mirarlo.
Entre las teorías conspirativas, los cabos sueltos y la maraña creada al efecto, nada impide que puedan ser implicados en la barbarie, desde Ferrer i Guardia a la Campanario, que por lo visto es muy dada a las tramas.
Sólo así se comprende que el descubrimiento de un inspector jefe de la Comisaría General de Información dedicado a alertar a la red de extorsión de ETA de que están siendo investigados no haya causado ya una catarata de dimisiones transversal.
Sólo así se explica que la propia oposición trate este asunto como si estuviéramos hablando de un chorizo que roba dos gallinas despistadas, o que los medios progubernamentales todo lo justifiquen en pos de salvar el alevoso proceso de diálogo con los terroristas.
La inseguridad, desconfianza y alarma que este ambiente causa en determinados sectores se ven contrarrestadas por el diagnóstico que un premio Puro Cora, Fernando Ónega, hace a otro premiado, Graciano Palomo, y que dice así: “España es un país anestesiado por su bienestar”. Si así fuese, el bienestar español valdría de poco, porque una sociedad dormida en sus laureles no se sucede a sí misma sin pagar un alto precio por ello.
Lo cierto es que agosto va a iniciar su modorra tradicional con la fundada sospecha de que desde algunas instituciones del Estado se trabaja para oscuros intereses, se dedican fondos para contravenir las leyes y se confía en que la sociedad esté lo suficientemente adormilada para que, o bien no se dé cuenta, o bien lo tome a título de inventario. Estas cosas pasan en todas las partes. No hay de qué preocuparse.

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