Símbolos a desterrar

Si algo del franquismo debe preocuparnos hoy, no ha de ser la eliminación compulsiva de sus símbolos, testigos de una época inmovilizada para siempre en los anales, como el Escorial lo será siempre de Felipe II por muchas repúblicas que se sucedan.
Lo que en verdad debe ser eliminado es todo aquello que lo recuerde en actos y desmesuras, y aunque a Franco jamás se le ocurriría irse a Londres con la Collares y Carmencita en un avión del ejército, el viaje de ZP es lo más parecido al franquismo que se ha visto por estos andurriales en los últimos tiempos.
Quiere esto decir que por muchos yugos y flechas que estemos dispuestos a cincelar, por muchas calles que ya no sean de Onésimo Redondo y por muchas estatuas ecuestres que se manden a las cuadras, nada sería tan beneficioso a los fines que se persiguen como evitar que los representantes políticos, administradores temporales de los bienes comunales, se crean en realidad los dueños de la finca y luego hagan que uno de sus ministros pierda su tiempo y su prestigio tratando de justificar lo injustificable.
A Jordi Sevilla le tocó el papelón de presentar el viaje de su jefe como el ejercicio serio y responsable de un cabal presidente del Gobierno, que por razón de su cargo tiene “un tratamiento distinto al del resto de los mortales”. Eso está claro. Si el resto de los mortales decidimos visitar la Ciudad Encantada de Cuenca, no llamamos a la División Acorazada Brunete para que nos lleve. Pero por lo que se deduce de las palabras del ministro, ZP y su familia han actuado con tanta sensibilidad pública, tanto sentido común y tan de acuerdo con el Código del Buen Gobierno que a partir de ahora no será extraño ver a su señora suegra escoltada por una escuadra de gastadores dirigiéndose en formación al hiper.
Es broma. La compra se la traen siempre a casa.

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