La tortura voluntaria

La noticia del verano/verano está en Sagunto. En aquella playa valenciana el ayuntamiento ha decidido multar con 150 euros a los precavidos que madrugan, clavan su sombrilla en la arena como hicieron los soldados en el Iwo Jima, extienden la toalla y se largan con la seguridad de que horas más tarde tendrán asegurado un lugar de privilegio frente al mar.
La sanción administrativa habrá sido recibida con pitos y aplausos, como ocurre siempre con estas cosas, pero su mera promulgación sugiere otros comentarios al margen de la justicia o el abuso que ésta supone.
La multa nos informa que los hombres somos capaces de trasmutar el sentido vacacional de la playa _ calma, sosiego, libertad, mar, tranquilidad _, y asimilarlo al ritmo ciudadano _ muchedumbre, prisas, agobios, normas, multas _, como si el descanso no pudiese desembarazarse de la rutina que impone la gran ciudad. Una playa en la que los bañistas rondan la bronca a diario por falta de los centímetros cuadrados necesarios para sentar el culo no es una playa de éxito, es una tortura dulcificada.
Claro que no es la única de la temporada. En estos días hacen su agosto las cremas protectoras, un producto que te permite estar al sol sin que el sol te haga daño. Magnífico; como el amianto, que te permite estar en el Windsor mientras éste se quema. Usted se defenderá diciendo que es muy agradable recibir baños de sol y que sin los potingues te pones la piel como la de Messala después de caerse de la cuadriga, pero convendrá que si ha de protegerse tanto, ni puede ser natural, ni puede ser nada bueno.
El absurdo llega a su paroxismo al comprobar que un porcentaje muy elevado de quienes atiborran la playa no se mojan ni los pinreles, caminan sobre una arena ardiente, sudan como bellacos y han de protegerse del sol porque los achicharra. Una multa es poco, habría que ponerles una querella criminal.

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