Buenos y malos

Los próximos días se aprobará la gran obra de este año dedicado a la Recuperación de la Memoria Histórica, es decir, su ley.
Si Franco hizo de la dictadura un instrumento de inspiración maniquea que clasificaba a los españoles en dos categorías; por lo que ya se sabe de esta ley, podemos asegurar que se mantiene el criterio franquista, aunque ahora las categorías de buenos y malos estén cruzadas. De todo ello se deduce que a la ley no la inspira el inconfundible afán de impartir justicia, sino un indisimulable deseo de venganza, o sea, de mantener la división y de prolongarla en el tiempo para que la amenaza de las dos Españas sea una auténtica maldición eterna.
Si de verdad moviesen a los legisladores los principios constitucionales, esa utópica recuperación de la memoria ni haría distingos entre los bandos, ni establecería juicios de opinión anticipados, ni imposibilitaría las investigaciones dependiendo de quién pueda salir perjudicado, ni justificaría su partidismo aduciendo un razonamiento tan cruel como pedestre al decir que “los otros muertos ya recibieron su homenaje en el Valle de los Caídos”.
En el caso de la que memoria histórica sea algo más que la suma de las memorias individuales interpretada de múltiples formas por los profesionales de la Historia, resulta muy difícil explicar por qué la ley no habría de servir también para conocer las razones que le llevan a Indalecio Prieto a relacionar el asesinato de Calvo Sotelo con el alzamiento y por qué lo define así cuatro días antes de que éste se lleve a cabo. Eso, por no citar toda suerte de desmanes que se produjeron antes y después del 18 de julio con pelotones de ambos bandos, pistoleros, matones y comisarios políticos que hicieron de todo para que la paz no fuese posible y cuyas consecuencias, por lo que a este Gobierno concierne, se van a prolongar una buena temporada.

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