Una peli subversiva

Que las víctimas del terrorismo tengan que ir España adelante paseando su horror para ver si reciben la limosna de la comprensión es una de las muchas paradojas de este sonrojante proceso de rendición, dispuesto para hacernos creer que vale la pena aficionarse a la parabellum con el fin de alcanzar objetivos políticos.
Al que realmente era pacífico, cumplidor de la ley y daba la vida por ello, a ése, la risa y el desprecio. Como en los toros, a los mansos los devuelven a corrales.
Ayer fui invitado a compartir un coloquio de la AVT y a presenciar el documental de Iñaki Arteta Trece entre mil, y lo primero que se me ocurrió decir es que estábamos en un acto subversivo, semiclandestino, contestatario… Estábamos viendo una película que contraría y mucho el actual pensamiento del Gobierno; de la misma forma que lo hizo El gran dictador con el de Franco. Ésta se rueda en el 40 y no se estrena en España hasta el 76. Aquélla se inicia en 1960, con la muerte de la niña Begoña Urroz Ibarrola, y es hoy cuando su exhibición se muestra más a contra corriente, más corrosiva.
Fuera de la sala se repiten lamentables espectáculos. Políticos implicados en el cobro de extorsiones, jueces criticados por fijarse demasiado en la ley, espectros del pasado que se levantan de las patas de atrás, jesuitas que se ciscan en la Constitución y masas abonadas al pan y circo… un caldo de cultivo ideal para que el mediocre medre y el esclarecido sucumba.
Eloy Ruiz Cortadi, una de la víctimas presentes ayer, lo explicaba de manera muy gráfica. Un descuidero me roba la cartera, interviene el Gobierno e impone la negociación. El ladrón se queda con el pasaporte, dos tarjetas y unos cuantos billetes. La víctima, con el resto de los billetes, las tarjetas y el DNI. Oiga usted, pero si la cartera era mía. Talante, amigo mío, mucho talante.

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