Las camisetas

El fútbol ocupa hoy el lugar que antaño se reservaba a los militares, a los aventureros y a los astronautas, quien los tenía. Y un Mundial es la ocasión idónea para manifestarlo. Se suceden gritos de entusiasmo o caras desencajadas de acuerdo a cómo ruede el balón después de escuchar los sendos himnos nacionales. Las banderas ondean en los estadios y en las grandes explanadas donde se concentran multitudes para seguir el partido. El seleccionador permanece en su puesto de mando, como el general en el suyo, siguiendo la batalla a distancia y rodeado de su plana mayor. La victoria es una gesta y la derrota, una humillación. Los goles insuflan pasión patriótica. Pero cuando se encajan es anuncio de retirada y de que nadie estará en el aeropuerto para recibirlos.
No está mal el sucedáneo, porque además de ahorrarnos víctimas, en el envite sólo va el honor y la gloria, pero no las posesiones de ultramar.
Siendo así, no es extraño que cierta prensa vasca y cierta prensa catalana anuncien a los lectores los encuentros de España como “la participación en el Mundial de un combinado nacional del Estado represor”, porque no es deporte lo que ellos ven en estas convocatorias, sino milicia; no es fútbol, sino política. Una guerra a la que están convidadas las naciones del planeta para imitar las viejas degollinas sin necesidad de que se derrame sangre. Y ellos son nación y ellos quieren estar allí, con su bandera y su canesú. ¿A cuento de qué lo primero que se les ocurre es la creación de selecciones nacionales deportivas? Pues eso, para ir a la guerra y lucir colores. Para que la gente salga a la calle tocando el claxon y airee las enseñas como no haría en ninguna otra ocasión así hiciésemos pleno en los Nobel, los Oscar y los Príncipe de Asturias el mismo año.
Hagamos camisetas para todos. ¿Qué nos cuesta? Cataluña es Ucrania y España, la URSS, dicen allí. Ucrania participa, la URSS ni existe y Rusia no está.

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