El último Buda

Cuando los talibanes dinamitaron las estatuas de Buda en Bamiyán por considerarlas contrarias a su ideario religioso, los occidentales nos llevamos las manos a la cabeza para escenificar una de las actitudes más cínicas que imaginarse pueda en el gran teatro del mundo, pues no sólo somos los occidentales los que mayor número de templos, estatuas y símbolos hemos reducido a gravilla a lo largo de la historia, sino que lo seguimos haciendo con una desfachatez mayestática, que convierte a los talibanes en inocentes chiquillos que juegan en la playa a destrozar castillos de arena.
Desde que se dio la primera orden de demolición de Eleusis hasta hoy, el afán de estrago se ha llevado por delante cientos de enclaves, miles de edificios, incontables estatuas e inimaginable cantidad de documentos que sólo ahora comienzan a ponerse en ruinoso catálogo.
Se actuó así por razones políticas y religiosas, como los talibanes, aunque hoy ya son más peligrosas y abundantes las causas motivadas por la especulación y los negocios.
Sin embargo, de vez en cuando prende la chispa censora y escuchamos de nuevo la voz de Constantino que espolea a las masas para que derriben los falsos ídolos, como ocurre esta vez cuando el ministro Alonso advierte muy serio que la estatua de Franco en la Academia General Militar de Zaragoza es… ¡inconstitucional! ¡Tómate lo que quieras! ¿Y cómo no nos habíamos dado cuenta antes? ¡Menudo disgusto nos hemos llevado! ¡Con lo escrupulosos que somos en todo lo que a la Constitución concierne!
Pues nada, que llamen a Otegi y que se la cargue de un zambombazo antes de que la vea un niño y tenga que confesarse. Más vale ser un poco talibán que luego lamentarlo. Si hubiésemos hecho lo mismo con San Lorenzo de El Escorial hoy no tendríamos tantos recuerdos de Felipe II, que era un facha redomado como la copa de un Pino pinaster.

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