Anorexia a pulso

Acérquense a la tele con ojos estadísticos y vayan apuntando con un palote cada vez que por la pantalla se lance el mensaje de un producto ligero, bajo en calorías, sin colesterol; de un producto, que te lo comes y es como si te sacaran lonchas de los cuartos traseros; de otro que te hace flotar como Armstrong en el Mare Tranquilitatis, de uno más que contiene unos acidus bacillus que se alimentan de celulitis y cuanto más lo tragas, más te tragan a ti. ¿Y si engorda el acidus, no engordas tú?, pregunto.
Pongan otro palote por cada máquina infernal que compuesta de tres barras, tensores, extensores, muelles o gomas, sirve para reducir abdómenes si le dedicas más tiempo que a tus hijos, y otro por cada parche, caja vibradora o funda sudorípara que por allí aparezca cada veinticuatro horas, puntuales a su cita para recordar al personal que en esta vida se puede ser cualquier gilipollez menos gordo.
Dicen que la pasarela Cibeles utiliza zancudas cuyas tallas reúnen criterios de ingreso hospitalario y que eso provoca que seamos líderes europeos en anorexia. Lo dicen en la tele, como si tal cosa, como si los niños y niñas que consumen televisión a todo pasto no supiesen, mucho antes de toparse con las tops, que ser delgado es la máxima aspiración del ser humano, que un delgado entrará en el reino de los cielos, porque su cuerpo no quedará enganchado en el ojo de la aguja, y que los bífidus activos son como la piedra filosofal que buscaba Hermes con ahínco, porque ellos harán que tu fofa grasa se convierta en oro.
Jamás se dio en el universo mundo un bombardeo mayor para lograr sabios, bondadosos o justos. Sólo delgados, flacos y huesudos. ¿Se puede extrañar alguien de que el éxito nos acompañe y de que la anorexia campe por sus respetos si sus consecuencias se presentan como el fin último de nuestra existencia? Eso y cambiar el politono de tu móvil cada día.
Pues con nuestro pan nos lo comamos.

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