Ni pa ti, ni pa mí

Al entorno abertzale le encanta la terminología bélica y militar. Desde el plan de guerra diseñado por Federico Krutwig en la llamada Biblia de ETA, hasta las expresiones actuales, alto el fuego, proceso de paz, etc., todo rezuma espíritu cuartelero para que nadie se lleve al engaño españolista y vea el enfrentamiento de dos ejércitos donde en realidad hay una actividad terrorista.
La glorificación del gudari, soldado vasco, con su día especial en el año, el Gudari eguna; la lucha armada, los estados extranjeros, los poli-milis, el enemigo, la etnia que a ninguna otra se parece, las treguas. Todo tiende a escenificar una guerra de liberación, pero sin guerra. Para ello es necesario que los tiros en la nuca, los secuestros, las extorsiones, los bombazos y las algaradas callejeras se parezcan lo máximo posible a Sierra Maestra. La disculpa es que “España no nos deja vivir”. “No somos libres para organizar todos los ámbitos de nuestra vida”, como si esa romántica aspiración estuviese al alcance del resto de ciudadanos del mundo.
El tiempo pasa, Franco desaparece, llega la autonomía, al primer estatuto le llama a las puertas el segundo y alguien piensa, por extrañas razones, que la lucha armada ha sido el gran factotum de este proceso, quizás en recuerdo del atentado de la calle Claudio Coello.
La lucha armada se centra ahora en meter miedo a los empresarios que no satisfacen la extorsión que sostiene las finanzas. Eso no tiene futuro, salvo en términos de mafia escandalosamente gansteril. Hablemos de paz y saquemos de ella la última tajada de la guerra armada. Aquí no hay vencedores, ni vencidos. Aquí los muertos se reconcilian ad maiorem Euzkadi gloriam. O más vulgar, al estilo de los chiquillos de las calles, ni pa ti, ni pa mí. Lo pasado, pasado está. Mil años en once y cristalerías en los bajos. Autodeterminación sin perdón y amnistía sin rencor. ¿Y qué hacemos con las víctimas de esta guerra en la que no sabían que estaban inmersas? ¿Les llamamos daños colaterales?

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