Las dos varas

Maravilla la exquisita sensibilidad con que se tratan ciertas actitudes relacionadas con la violencia, precisamente por parte de aquéllos que más interés demuestran en presentarse como los grandes valedores del pacifismo como valor incuestionable de la civilización. Lo mismo se repite cuando se aborda el respeto hacia las creencias religiosas, el uso del lenguaje escatológico o la simple exposición de las ideas.
Siempre hubo dos varas de medir, pero ahora son intercambiables. La larga, que se aplica cuando conviene, y la corta, reservada en exclusiva para el adversario político.
El asalto a las embajadas se ha visto favorecido por la aplicación de la vara larga, incluso por parte de países que han decidido sentarse juntos y formar la UE por estar convencidos de que comparten los mismos ideales. La U de unidad ha brillado por su ausencia y lo que debería haber sido una respuesta conjunta, firme y solidaria dio paso a una meliflua y variopinta reacción repleta de mala conciencia, que en el caso de ZP y Erdogan deja en el aire la posible justificación del uso de la violencia, porque las caricaturas son “rechazables desde el punto de vista moral y político”.
¿Qué han querido decir, señores presidentes? ¿Acaso que debemos revisar uno de los pilares de la civilización occidental y retomar el camino de la censura? ¿Acaso me dan permiso para volar la Audiencia Nacional si me siento contrariado, molesto o insultado por alguna de sus resoluciones? ¿Dónde está una condena firme y sin fisuras de lo que a todas luces es el triunfo de la barbarie?
Habíamos quedado que la fuerza no daba la razón y que incluso, en caso de tenerla, la quitaba. Quizás hoy la doctrina haya variado para que los Troitiños, Pakitos y Parot muden su estatus de asesinos al padres de la patria. Esas cosas se avisan con tiempo para que al ciudadano no le pillen con el paso cambiado. Como dice Carod, ¡pena de no tener un puñado de bombistas!

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