Oda a Pepe

Tal como están las cosas, la victoria de Pepe y del Lado Oscuro, ya saben dónde, constituye toda una lección de urbanidad pronunciada en el altar televisivo que venía siendo utilizado para impartir escuela de chabacanería y zafiedad.
Vamos a exagerar un poco más para decir ese 88 por ciento de votantes que eligieron a Pepe como ganador supone un soplo de aire fresco que nos reconcilia con el género humano.
¡Toma castaña! ¿Tanto como eso, señor columnista o columnero?
Pues sí, tanto como eso, o un poco más, porque la Piña Colada a combatir despliega sus garras en docenas de programas y miles de horas de emisión, de ahí el valor que supone verlos enfrentados a una persona normal y corriente, que se limita a construir bien las frases gramaticales, que aborda las situaciones con tranquilidad y mesura _ casi siempre _, y que procura rodearse de una capa de fino humor que todo lo relativiza y lo disuelve. De fanáticos ya andamos sobrados en otros campos.
El caso de Pepe y su arrollador éxito podría suponer la vuelta a la televisión de aquellas personas que tienen algo que contar y enseñar, desplazadas en los últimos tiempos por freakys estentóreos, izas oligoneuronales y súcubos camanduleros. Pepe no es Platón, ni falta que le hace para destacar en el magma de la ortopédica petulancia. Eso ha quedado plenamente reconocido por los seguidores del popular concurso. Quién sabe si en la próxima hornada de desconocidos que se seleccionan para entrar en esa fábrica de famosos se eleva el porcentajes de pepes hasta un cincuenta por ciento, por lo menos, y así los espectadores tienen ocasión de fijarse en conductas que demuestran un buen aprovechamiento de las enseñanzas que toda guardería infantil que se precie debe impartir.
Enhorabuena a los pepistas, que se revelan mayoritarios, y ánimo a los piñacoladistas, porque de todo se aprende en esta vida.

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