Incertidumbre

Sadam Hussein prometió llevar la guerra allí donde hubiese “tierra, mar o cielo” días antes de ser atacado. No era una bravuconada, sino la interpretación literal de un mandato religioso que recomienda el recurso a la violencia como un acto de fe, de reconquista y de elevación espiritual.
A los ojos de un occidental es impensable una formulación semejante, pero no olvidemos que no está tan lejano el día en el que guerra y religión eran conceptos complementarios que juntos formaban la palabra cruzada.
Las diferencias surgen a partir de que una civilización tiende a desacralizar sus decisiones políticas y la otra mantiene los lazos entre las creencias y los consejos de ministros. Una se cree más perfecta porque puede ordenar que sus tanques avancen sin llevar al frente el Santo Grial, y la otra se cree más excelsa porque actúa en nombre del único dios. La primera puede plantearse acciones en favor de la libertad, pero le cuesta más trabajo justificar bombardeos en nombre del Down Jones. A la segunda nada le impide bendecir acciones terroristas porque es orden divina, pero bajo esa capa se pueden esconder los más variados intereses, no siempre compatibles con la defensa de la libertad.
El conflicto de las caricaturas pone de relieve estas diferencias y demuestra cuán poco hace falta para espolear los ánimos de un mundo en contra de los otros, siempre y cuando existan dirigentes dispuestos a promover acciones levantiscas.
Occidente tiembla ante la furia desatada y se pregunta cuál de los dos mundos debe rectificar, si el nuestro, poniendo coto a la tan ansiada libertad, o el de ellos, rebajando su fanatismo y sus monolíticas creencias.
No parece ganadora ninguna de las dos apuestas, porque a todo lo anterior habría que añadir un complejo panorama de intereses y la falta de voluntad explícita para acometerlas. El balance, por lo tanto, es de suma incertidumbre, por no calificarlo de pesimista.

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