Los transparentes

Si una persona es ingresada en un hospital víctima de un brote psicótico y a las pocas horas medio país sabe que porfiaba por desnudarse, que permanece atada a la cama, que se responsabiliza al marido porque no es trigo limpio, o que se le suponen consumos adictivos, seguramente el hospital, los médicos, o el/la ministro/a de Sanidad iban a encontrarse con problemas judiciales. Pero en los últimos días ha ocurrido exactamente eso y no se esperan puniciones de ninguna clase, porque la enferma de quien se conocen tantos detalles pertenece a un nuevo círculo de ciudadanos que basan su existencia precisamente en dejarse observar.
Desconozco si el término ya está acuñado, pero se nos antoja oportuno definirlos como los transparentes, seres que han vendido su pudor a la voracidad pública que los engulle con fruición. Ya no se trata sólo de mostrar el cuerpo mondo y lirondo, porque para cobrar por eso exigen unas hechuras, sino de exhibir la intimidad de las miserias y las pasiones, un terreno donde las medidas tienen menos importancia.
Y así, semana tras semana, personas de variada condición aspiran a conseguir el carné de famoso (¿) y una vez con él en la mano, dejarse preguntar sobre amores, felaciones, palizas, abandonos, barbitúricos, vesículas, próstatas y esquizofrenias. Toda una compleja maquinaria está presta para recoger sus deposiciones, porque un público ávido las espera sin rubor. El despliegue no se realiza en igual medida para trasladar a la ciudadanía ningún otro tipo de secretos o conocimientos, por lo que cabría pensar que no existen, o que de ellos se encargan otras instancias. Pan y circo es suficiente para arrostrar la existencia. No sería mala fórmula si se mantuviese, pero la historia y Juvenal nos dicen que ésa es la antesala de la decadencia, previa a la caída.
No es extraño que a ese símbolo de los transparentes le ronde la esquizofrenia.

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