La aguja de marear

A Noruega y Dinamarca le está saliendo muy cara la libertad de prensa. En esos países se pueden publicar caricaturas de Dios, del Espíritu Santo y de Mahoma, pero muchos árabes no están por la labor y han decidido que las dos sociedades paguen su osadía con un boicot comercial, con quema de banderas y con otras lindezas que a ojos occidentales se juzgan, como poco, injustas y desproporcionadas. Si todos los creyentes se molestasen de igual forma ante la falta de respeto por sus símbolos, los meses los contaríamos por cruzadas. Muy al contrario, tras siglos de machacarse las neuronas, el hombre que se tiene por desarrollado aprecia la tolerancia como uno de sus bienes más definitorios. Todo rueda de forma aceptable hasta que llega el mundo globalizado y a las sociedades ya no les vale organizarse a si mismas, porque los estornudos de Oslo se escuchan en Gaza.
¿Qué hacer con nuestra tolerancia? Pues, como la pela es la pela, nos la comeremos con patatas. Las industrias lácteas danesas quieren seguir vendiendo sus productos en Gaza y el periódico de la caricatura quiere seguir recibiendo la publicidad de esas empresas, así que volvamos a empezar. La tolerancia es bona, si la bolsa sona, pero a las primeras de cambio te la envainas con muchísima discreción, pides disculpas al airado y te cuidas muy mucho de que todo sea políticamente correcto a partir de ahora; es decir, o admites la dictadura de los intolerantes, o te desequilibran el producto interior bruto.
En este plan se incluye la posibilidad de modificar el escudo de las Cortes de Aragón, de guardar en el trastero todos los santiagos matamoros que encuentres y de no visitar Ceuta y Melilla ni para ver a la familia.
Si a todo ello añadimos que unos señores se dan el gustazo de repartir videos de vez en cuando amenazando a troche y moche, percibiremos claramente que han encontrado la aguja de marear tolerantes y que nos la han clavado en el tafanario, como ocurre en ese spot de los seguros automovilísticos.

Comenta