Cabezas cortadas

Ni los más sobrados heraldistas son capaces de discernir si las cuatro cabezas existentes en el tercer cuartel que compone el escudo de Aragón son moras, o cristianas; si pertenecieron algún día a cuatro de los 40.000 sarracenos que pelearon en la batalla de Alcoraz, si es el propio san Jorge cuatro veces repetido, o si son las cabezas cortadas con las que desde tiempos míticos se simbolizaban las victorias militares. Incluso no falta quien ve en ellas el reflejo de los míticos reyes peninsulares _ Gerión, Gárgoris, Habis y Argantonios _, pues son ésas, y no las de ningún árabe, las que aparecen en antiguas representaciones del escudo, fáciles de localizar a poco que se busquen, como quedó demostrado en estos últimos meses de convulsión heráldica aragonesa.
Nada de eso vale frente al afán corrector del presidente Iglesias, que quiere pasar a la historia por haber introducido cuatro círculos concéntricos muy fashion y muy coquetos, después de que la comunidad islámica le pidiese la retirada de las cabezas porque a algún cerebrito le sonaron campanas de xenofobia y no supo dónde.
Qué no haría Iglesias en Santander, cuyo escudo luce las cabezas de Emeterio y Celedonio, martirizados según se cuenta, en la riojana Calahorra. Porque si a la comunidad islámica le parecen ofensivos unos señores cuyo origen está por determinar y que en el peor de los casos forman parte de la historia aragonesa, a la comunidad cristiana podría parecerle igualmente oprobioso que dos de sus mártires permanezcan a la vista de todos con el cuello rebanado.
A Iglesias deberían soltarlo en un museo arqueológico para que se empape de símbolos e historia. Aunque bien pensado, mejor será que se quede en su poltrona, pues visto lo visto, le podría dar por censurar a la Gorgona, convertir la toma de Granada en un guateque, o pretender que Alejandro Magno sea un insulto a la memoria de los persas.

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