Noche de ronda

Ya cierra el colegio. Ya se oyen los claros clarines de la madrugada sonando a cencerro. Es fin de semana y las guarderías se apagan para que todo el bullicio que dentro se encierra desparrame lo aprendido por la ciudad.
Se desplazan en bandadas, como aves precursoras de primavera; lo cual indica que han leído a Padilla y Montesinos, y juntos comprueban la magia nocturna, las fórmulas de Newton y el teorema de Pitágoras, pues un grito de noche es algo más que una suma de decibelios, es el símbolo de la libertad.
Ese taco a lo Rubianes, expelido todo cuando la garganta da, resuena en la calle y cinco avenidas más allá. “¡Ostras! ¡Soy alguien!”
Al paso por unas obras varios objetos les llaman la atención; unas piedras, una tapa de registro, adoquines quizás. Qué mejor ocasión para experimentar sobre la resistencia de materiales arrojándolos contra esa puerta que parece nuevecita. Piedra, papel y tijera. Ya está. La puerta se rompe, la tapa no. Qué cosas tiene la física. ¡Hombre! ¡Un contenedor de basuras con ruedas! Si lo lanzamos cuesta abajo, a lo mejor se empotra contra ese escaparate. Fuerza más aceleración, partido por resistencia, igual a velocidad.
Algunos vecinos chapados a la antigua e interrumpidos en su vigilia, no comparten su pasión por el conocimiento empírico y avisan a las fuerzas del orden por ver si se recobra la quietud de los elementos, se encorrala a los físicos, o se adopta alguna medida que compagine ciencia, descanso y conservación del patrimonio.
El intento resulta infructuoso, pues aunque la autoridad se persona en el campo de Agramante, no se sabe bien si por hache, o por be, o por el agua bendita, el caso es que a los científicos no se les enmienda la plana y juntos marchan muy contentos para experimentar ahora con química y humo.
Uno de los desvelados oyó decir a los agentes que, siendo aquéllos menores, estaba la cosa muy chunga.

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