Listos, ya

Cuando todas las autonomías sean naciones sentidas por los ciudadanos, cuando todas tengan un plan de financiación propio y hayan cobrado la deuda histórica, ellas mismas, con su propios mecanismos, establecerán relaciones de bilateralidad con España.
Ésta es la consecuencia más clara del proceso seguido con Cataluña, que ahora parece llegar a puerto. Los últimos puntos que todavía quedan por definir se refieren a qué coño le llamamos España, cuál es su territorio, cuáles sus competencias y de dónde va a sacar el dinero para tanta fiesta.
Aun desconociendo al detalle lo acordado entre más y menos, las actuales nacionalidades no han dudado un instante en decir que ellos quieren lo mismo. Intuyen que también en su caso los resultados han de ser más y no menos. Es como si se hubiese abierto la ventanilla de los Reyes Magos, cerrada durante años por no tener una democracia avanzada: “Como he sido bueno, quiero que me dejen en los zapatos la Agencia Tributaria de Famobil, la Nación Mágica de Borrás, varias muñecas articuladas de Famosa y el Juego de las Fronteras Bilaterales de Lego. ¡Ah! Y la deuda. Besos”.
Lo de la deuda hay que decirlo como un latiguillo, por si cuela. Siempre hay piedras, trigo o pescado que se llevaron algún día, cuando no son toneladas de oro a la ruina montium, cinabrio a espuertas o magnesitas a raudales.
Cumplidos todos los deseos, el problema va a estar en la organización de las relaciones bilaterales, porque si a un lado de la mesa se sientan las naciones, ¿quién se sienta enfrente? ¿El Rey? ¿Crearemos una Zarzuela D.F. para poder bilateralizarnos?
No sé. Faltan algunos detalles por concretar pero seguro que encontramos siete u ocho soluciones lingüísticas. A estas alturas no vamos a pelearnos por eso. Podría ser la España presentida, el espectro de íberos y celtas, o el Jardín de las Hespérides; algo que suene bien, pero que no comprometa a nada.

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