El Gobierno y Euskadi

Hasta una docena de veces utilizó monseñor Uriarte la palabra paz para expresar sus anhelos político-espirituales en Euskadi. Patxi López ha dicho que “el único obstáculo para la paz es ETA”. José Blanco añade que “la mejor contribución al proceso de paz es condenar la violencia de ETA”. Otegi se une al coro y da por buena la terminología empleada por todos ellos para añadir: “Vamos ganando”.
Es pura lógica. Si la aspiración es la paz, el estado actual es la guerra, y en las guerras suele haber dos bandos, el que va a ganar y el que va a perder. Sentadas esas premisas se puede seguir deduciendo que el Estado _ una de las partes en conflicto_, no aplica la ley, sino que ejerce la violencia; por lo tanto ETA no es una organización terrorista, sino aquella parte de la sociedad que se opone en una guerra a la violencia del Estado.
Ítem más. Cualquiera de las dos partes está legitimada para ganar al final del proceso.
Que Uriarte sea uno de los primeros defensores de este planteamiento no sorprende lo más mínimo. Basta recordar al premio Sabino Arana 2005, el obispo emérito de San Sebastián, partidario de una mesa de diálogo en la que el fondo sur estuviese ocupado por ETA con la pistola al cinturón.
Que lo hagan los representantes de lo que se supone la legalidad tampoco es nuevo, pues en Euskadi se han puesto en práctica todas las fórmulas habidas y por haber. Las novedades actuales afectan más a la opinión pública, que vive en una manifiesta desorientación, pues no sabe si su Gobierno acepta la situación de guerra, si aplica la Ley de Partidos, si apuesta por la solución policial, si está en pleno diálogo, si le satisface que Otegi píe, si está con las víctimas, si apoya al lehendakari, si le tumba los estatutos, si mantiene el Pacto Antiterrorista, si apoya a Grande Marlaska o si está esperando a terminar con el estatut para mover ficha.
Pelín de concreción nos vendría muy bien a todos.

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