Idus decembrinos

Si hoy viviese Cicerón, esta mañana proclamaría en el Senado cuán frágil es Roma, que un cómico la mueve y zarandea.
El cómico es Fernando Etxeverría, discapacitado de visión, que diría ZP, pero capacitadísimo para la imitación de voces y para encontrarle la vertiente sarcástica a todo lo que se menea, con especial predilección por el presidente, pues nadie puede dudar que hoy por hoy es de lo más movidito que tenemos.
Bastó que a Fernando, o a alguno de sus dos compañeros de gracietas, se le cruzase por las mientes llamar al presidente electo de Bolivia haciéndose pasar por ZP, para que un rayo rasgase los velos del templo democrático y el coro de las bacantes gritase al cielo en súplica unánime: ¡Censura, censura, censura!
Soplando además vientos favorables a que Roma recupere viejos mecanismos de punición contra díscolos opinantes y crispadores varios que se señalan como compañeros de trabajo de Fernando, el tsunami creció de tal forma que los más viejos del lugar sólo recordaban tensión semejante cuando César cruzó el Rubicón, inició una guerra civil de tres años (49-46) y acabó con la República proclamándose dictator. ¡Toma castaña para el cómico!
Como quiera que la broma no fue desmentida a su destinatario _ grave error de principiantes _, don Evo la dio por buena y la aireó; como aireó también la muy favorable posición de Roma a su elección, prometiéndole doblar la ayuda si las urnas le eran favorables en los idus de diciembre, palabrita de Bernardino León.
Ítem más, como quiera que el señor León niegue la precisión del regalo, el tsumani sigue creciendo y ya nadie en Roma sabe a ciencia cierta a quién le van a cortar la cabeza para ofrecérsela sumisos ante Jano Quirino y así restablecer el equilibrio.
Puede ser el menos sospechado, pues la historia nos dice que los sicarios de Marco Antonio acabaron con Cicerón cerca de Fornia.

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