La viga propia

Vuelven a llegar de Irán noticias sobre la intransigencia cultural, política y religiosa de su actual dirigente, Mahmud Ahmadineyad. Ni gota de música occidental, ni raspas de su cine, ni nada que sirva como elemento de comparación entre la decadencia infiel y el esplendor del Consejo de la Revolución. Y no es que la música y el cine occidental de estos últimos años sean como para dignificar a la humanidad, pero a Ahmadineyad le traen al pairo las calidades, pues su objetivo es ahogar el mensaje, evitar alternativas e impedir que la libre circulación de ideas pueda arañar sus monolíticas posiciones.
El mismo personaje niega el Holocausto y pide colaboración para borrar a Israel del mapa, pero curiosamente, cuando por ello se gana las críticas de medio mundo, Ahmadineyad apela a la tolerancia para con sus puntos de vista. Por supuesto, la cuestión nuclear subyace en el fondo de todo ello, así como una de las mayores riquezas petrolíferas mundiales que no le evitan albergar a 27 millones de pobres.
Nada nuevo bajo el sol. Ya Jomeini estableció esos criterios en el revolución del 79 y aunque Jatamí hizo concebir reformas aperturistas, lo cierto es que se ha vuelto a las andadas con el furor inicial.
Salvadas las distancias que el ejercicio democrático y el desarrollo económico nos diferencian de Irán, convendría recordar a ciertos personajes que su manera de entender la política y el poder que les han dado las urnas no se aparta tanto de los postulados de Mahmud Ahmadineyad en cuanto a monolitismo, violencia y fomento del pensamiento único. No vaya a ser que consideremos a aquél como el paradigma de la intransigencia y no veamos la que aquí se estercola. Vamos, lo de la paja en ojo ajeno y la viga en el propio.
No nos equivoquemos, el fundamentalismo es la tentación de los débiles, por muy elevados que sean sus objetivos, y a esa conclusión ya habíamos llegado antes de aparecer Jomeini.

Un comentario a “La viga propia”

  1. YU

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