La dictadura del indocumentado

Por fuerza llama la atención de esta nueva sociedad que propugna lo políticamente correcto su capacidad para escandalizarse de asuntos nimios y sus enormes tragaderas para derribar otros que por su dilatada tradición merecerían tiempo y mesura antes de ser alterados.
Es como si se hubiese dado la orden de escupir sobre la inteligencia y adorar a los mindundis. Y cuanto más estrafalarios, ridículos e inconsistentes sean, más veneración les protege. Es decir, la dictadura del indocumentado.
Por ejemplo, se monta un gran revuelo porque un festival de cine se promociona con un cartel en el que un actor acaricia disimuladamente el trasero de un actriz, de espaldas a los fotógrafos. El frente antimachista se pone las botas criticando tan indecente imagen, aunque al lado, cualquier otra combinación homosexual _ como el manual para tocarse el culo entre las niñas _, haga las delicias de los mismos críticos.
Ayer mismo la ministra de Cultura se ha encargado de minimizar la gravedad de que las juventudes de sus aliados en el gobierno hayan promovido el simbólico despiece de las páginas de la Constitución. Sin embargo, defenderla es poco menos que el equivalente a la marcha sobre Roma de Mussollini, o algo propio de cavernícolas.
Maragall anuncia la desafección de Cataluña hacia España. ¿Desafección? ¿Mala voluntad? Que a alguien se le ocurra anunciarle a Maragall desafección hacia Cataluña. Ya verán cómo se levanta de las patas de atrás.
También resulta de muy mal tono fumar en presencia de menores, pero cuanto más maleducados sean los personajes que se les ofrecen de modelos televisivos, mejor para su desarrollo intelectual. Cuidado con llamarle terrorista al hombre que pone las bombas, ya vimos; pero si las víctimas protestan, no te cortes en considerarlas reductos del fascismo. Y así todo.

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