La nueva blasfemia

La BBC sugiere a sus redactores que antes de escribir la palabra terrorista se lo piensen dos veces, no vaya a ser que esa definición les moleste a algunos espectadores de sus canales internacionales y baje la audiencia.
La emisora inglesa ofrece a sus periodistas esta bonita alternativa; llámenle “el hombre que pone la bomba”, el secuestrador, el insurgente, el militante… A partir de ahora va a ser difícil ganarle en cinismo a la BBC. Ellos no dudan que el terrorista lo sea en toda la extensión de la palabra, lo que les preocupa son sus espectadores, árabes, se supone, no sea que se pasen a Al Jazeera TV con carros y carretas. Las víctimas, la legalidad o los daños colaterales les importan tres pimientos, de tal forma que una vez más el uso de la violencia va a estar amparado hasta por quienes son sus posibles objetivos.
El uso de eufemismos es una gran solución de efectos inmediatos. El problema del hambre podría pasar a ser una mera cuestión de “apetitos insatisfechos”, y a la pobreza podríamos denominarla “riqueza insuficiente”. Quizás así muchos espectadores se verían menos molestados en sus conciencias y de ese modo seguir viendo la tele con gran pachorra. Después de todo la solución viene de antiguo, pues las eufemias eran las palabras sagradas que se podían pronunciar ante la divinidad, en oposición a las blasfemias, inadecuadas para esos ámbitos.
Decir hoy terrorista es una blasfemia porque se están prejuzgando sus intenciones. Quizás no pretenda sembrar el terror. Quizás sólo se trate de un bienintencionado ciudadano militante que pone la bomba movido por la más justa de las causas, espoleado por la barbarie de la civilización occidental y tras recibir unos concienzudos cursillos de adoctrinamiento a cargo de prestigiosos pensadores dispuestos a hacer un trueque de civilizaciones. De modo que sobre la conciencia del informador recaen graves responsabilidades. ¿Utilizará el término terrorista, o dirá que se trata del intermediario entre la bomba y los muertos?

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