Sólo nación

Después de tantos de siglos disfrutando los míticos títulos de frontera con el País de los Muertos, meta de la Vía Láctea, antesala de los Campos Elíseos, Costa da Morte, jardín de las Hespérides o Extremo Occidente del mundo conocido, llegar al convencimiento de que Galicia sólo es una nación más, la verdad, desinfla el ego.
Quizás el siglo XXI no sea el mejor momento para ser reconocido como Imperio de los Peregrinos, dadas las connotaciones peyorativas que les han endosado a los imperios, pero de ahí a quedarse a modo de nación monda y lironda, como si san Andrés no hubiese sido encargado que presidir el último confín continental, a las puertas de donde residen en feliz camaradería dioses, héroes y tumbas; como si a otro de los apóstoles destacados, el llamado Bonaerges o hijo del trueno, no se le hubiese contratado para residir en sitio principal, resulta descorazonador.
Dicen los promotores del texto donde se tiene a Galicia como nación que esta tierra debe jugar en la primera división de las naciones, que es tanto como descender de golpe tres o cuatro peldaños y quedarse como una Suiza cualquiera, con muchas vacas, un restaurante que se llama Chocolate y una bandera que en vez de cruz griega tiene el Natalis Calicis.
Sí, ya imaginamos que llegar a la taquilla de la Sociedad de las Naciones y decir que se presenta el Imperio del Sol Poniente es tanto como opositar a que nos den con la puerta en las narices, pero ¡qué narices! si lo eres, no vas a doblegarte al albur de unos oficinistas burocratizados y aburridos.
Por lo menos, habiendo albergado el primer reino peninsular, el que hicieron los suevos con los restos de la 96 provincia romana, última en incorporarse al imperio, bien se podría aspirar a recuperarlo y entronizar a Amancio Ortega para el cargo, pero va a ser que no. Nos quedamos en nación, que es como nos trajo Dios al mundo.

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