La palabra del año

Ahora que periclita el año se elige quiénes fueron sus protagonistas, sus películas, o su música. Si se hiciese votación para señalar la palabra representativa de los doce meses no le auguramos malos resultados a la crispación.
Ciertamente se habló mucho de ella, aunque casi siempre en la misma dirección y con los mismos agentes causales. Se sobreentiende que existe entre la población, pero también que su origen es único, el de los medios críticos con el Gobierno, como si el Gobierno en sí mismo, o sus medios afines, o los partidos aliados, o la oposición, o cualquier otro elemento social careciese de la capacidad de crispar.
Y no. Crispar, crispamos todos, cada cual a su contrario; máxime si recordamos el proverbio que plantea la fórmula del imposible político: “tres españoles, cuatro opiniones”. Pero ¿por qué este año más que los anteriores?
A falta de mayor profundización, parece evidente que se trata de un fenómeno de acumulación, como la grasa. Un exceso de vez en cuando no deja huella, pero la ingesta continuada de lípidos crea magnitudes desbordantes. En ese sentido, desde los meses anteriores al 11-M venimos atesorando dosis de crispación, quizás porque el diapasón todavía reverbera y no ha alcanzado su equilibrio, quizás porque desde entonces la manera de entender la gestión de Gobierno ha cambiado de forma sustancial.
A título anecdótico, y sólo anecdótico, reparamos en que el étimo de la palabreja, el verbo latino crispo (encrespar), se fundió con el griego krepís (zapato), para dar como resultado en castellano a san Crispín, patrón de los zapateros que el gremio festeja el 19 de noviembre.
Y todo ello lo decimos esta semana constitucional, plagada de festividades, cuando el presidente del Gobierno ha dicho por primera vez que le disgustan las actitudes de sus socios de ERC y que no son imprescindibles para lograr una mayoría suficiente. Aleluya. A ver si nos descrispamos de golpe.

Comenta