Houellebecq

El futuro que plantea Michel Houellebecq en su última novela se pinta con tres palabras principales, a saber, sexo, clonación e inmortalidad. Quizás el relato no sea tan frustrante como el mundo feliz de Huxley, ni tan totalitario como el 1984 de Orwell, porque La posibilidad de una isla plantea tesis más abiertas que las de sus famosos predecesores, aunque en los tres casos la humanidad imaginada se encamine siempre por derroteros desprovistos de su anterior espiritualidad.
El diagnóstico de Houellebecq no debe extrañar a nadie que, como él, observe las obsesiones actuales, especialmente las que se refieren al disfrute de la carne y a su conservación, es decir las prácticas sexuales y la cirugía estética, cuyo fines últimos se prolongan en la eterna juventud, la clonación y la inmortalidad. Si pensamos en Fausto, Dorian Gray o el propio Don Juan comprobaremos que Houellebecq tampoco hace otra cosa que poner al día la historia del viejo mito, aderezada ahora con técnicas como la de la clonación, que por una parte lo acercan a la actualidad de los raelianos de Claude Vorilhon, y por otra, al posibilismo de un futuro inmortal sin necesidad de acudir a pactos diabólicos o a magias poco probadas que hoy se presentan ya como hipótesis de consumo masivo a poco que se dejen correr un par de décadas.
Las reacciones ante la novela _ amplias, como ocurrió con la obra anterior de Houellebecq _, están siendo de variado pelaje y condición, como si el escritor de La Réunion afincado en España llevase consigo la misma capacidad para disgustar o entusiasmar, para ser considerado al mismo tiempo un ultraderechista falócrata, un anarquista conservador o un izquierdista complaciente, lo que pone en evidencia la desorientación ideológica a la que nos someten los nuevos tiempos.
En el fondo todos coinciden que Houellebecq es un avispado polemista en un mundo que sabe a dónde camina, pero no sabe si le gusta o no.

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