La última reforma

El perifrástico ZP se consolida día a día como un auténtico depredador del diccionario, como si gobernar consistiese en dotar a las palabras de nuevos significados de tal forma que el problema de la vivienda desapareciese por ensalmo pronunciando el conjuro de “soluciones habitacionales” y la cohesión del Estado pasase por la invocación druídica de las “entidades nacionales”.
Hace pocos días ZP felicitó al presidente del Senado, Javier Rojo, “por tu recién adquirida condición de abuelo”, y no “por ser abuelo”, como decimos el resto de los mortales. Un comentarista de El País bromeó diciendo que cualquier día felicitará a quien corresponda “por su abuelidad”.
La última iniciativa en este sentido le sirve, nada menos, que para justificar una nueva reforma de la Constitución, pues cree el émulo de Nebrija que existe gran afrenta en definir como “personas disminuidas” a quienes para él son “personas discapacitadas”.
Si el lector dispone de tiempo y humor como para visitar el diccionario, allí comprobará la magnitud de la chorrada. Le ahorramos la consulta. Disminuido se aplica a aquél “que ha perdido fuerzas o aptitudes, o las posee en grado menor a lo normal”. Por su parte, discapacitado es aquél “que tiene impedida o entorpecida alguna de las actividades cotidianas consideradas normales, por alteración de sus funciones intelectuales o físicas”. Como se puede observar, hay que ser muy obtuso para distinguir graves matices diferenciales que justifiquen, no ya la reforma constitucional, sino la mera pérdida de tiempo en el planteamiento.
Puestos a ser revolucionarios, convendría precisar que muchas de estas personas están disminuidas o discapacitadas para unas funciones, pero son bastante más hábiles para otras. Por ejemplo, a ninguna de ellas se les ocurriría convocar las Cortes para debatir semejante memez.

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