Teólogos

Venga o no a cuento, cualquier chisgarabís farandulero, cualquier muchachuela cotorrona, confiesa a las primeras de cambio su acendrado ateismo. Por ejemplo: “Yo, como soy atea, me levanto tarde”. O bien: “En casa celebramos mucho más Papá Noel que Reyes, debido a nuestro proverbial agnosticismo”. Hasta Gustavo Bueno se ha visto en la obligación de definirse ateo católico.
Éstas y otras muchas declaraciones que se producen fuera del ámbito teológico _ es decir, fuera de las habitaciones privadas de Ratzinger _, vienen a desmentir la creencia generalizada de que la sociedad española vive de espaldas a la fe.
En efecto, pues si admitimos que para considerarse creyente basta dar por bueno lo que los anteriores han discutido sobre el tema sin acudir a mayores abundamientos, para sostener lo contrario se necesitan largos años, áridas lecturas y sesudos debates hasta las tantas de la madrugada. Quien se presenta ante nosotros con un “Hola, buenos días. Dios no existe”, ha de ser, por fuerza, un teólogo avezado, un lector apasionado por la verdad y en definitiva, un experto en kundalinis varios. Todos estos requisitos no se presuponen a quien dice simplemente. “Adiós”.
Siendo así que proliferan ateos como hongos, la conclusión a la que nos conduce este dato ha de ser por fuerza la de corroborar los ímprobos esfuerzos intelectuales que solos, o en compañía de otros, han realizado todos ellos durante los últimos años; lo cual anula cualquier intento de afirmar que la sociedad viva ajena a estas cuestiones, sino todo lo contrario. Vive preocupada, y muy preocupada.
El mismo silogismo debe aplicarse a los blasfemos habituales, que lejos de olvidar aquello de lo que tanto reniegan, procuran mantenerlo constantemente en la boca, cuando no lo elevan al título de alguna de sus obras. Y si no, que baje Dios y lo vea.

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