Insulto, fracaso

Alguien puede entender que todo tipo de trifulcas entre políticos, como llamarse burros, corruptos o golpistas, es la esencia de la democracia, la flor de la canela, el pico del pirulí. Por si eso ocurre, conviene recordar que se trata de todo lo contrario, pues la democracia manda y ordena diálogo, negociación y consenso. Es de Perogrullo, pero a la vista está que se olvida.
Lo olvida tanto el presidente del Gobierno como el jefe de la Oposición. Y de ahí para abajo, con honrosas excepciones, mucha madera, mucha tormenta. Es posible también que los más encendidos partidarios de una u otra sigla se despiporren con las ocurrencias mediáticas de sus líderes y las aplaudan en su fuero interno acompañándolas con gritos de ánimo: “¡Leña al mono, que es de goma!”
Pero sintiéndolo mucho, el libro dice que a medida que gana el espectáculo, pierde la política. Qué le vamos a hacer. El circo no puede estar en el Parlamento porque para escuchar payasadas no son necesarias elecciones generales.
ZP, que hasta estas fechas había mostrado un comportamiento exquisito en este terreno, no se ha resistido al síndrome Tonetti y ya lo tenemos lanzado en el centro de la pista. Lo ocurrido en el Parlamento de Galicia es otra muestra de merma democrática y si a Montilla le da por seguir pidiendo la cabeza del mensajero habremos alcanzado la categoría de circo y fieras.
La sociedad española _ en este caso, salvo puntuales excepciones _, da constantes muestras en este sentido, haciendo de la convivencia democrática la norma de conducta, y hasta en el fútbol, paradigma de los enfrentamientos permitidos, se puede ver cómo el Bernabéu aplaude los goles de Ronaldinho de Assis Moreira. Claro que otras veces se ve cómo ostiferan a un guardia jurado, pero ésa es la excepción.
De modo que consensúen, pacten y dialoguen, que para eso están.

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