El cachete

Hace unas semanas a Eduardo Mendoza se le ocurrió escribir que un oportuno cachete, propinado por cualquiera de los padres cuando el niño se pasa de revoluciones, nada tiene que ver con la violencia doméstica, ni crea traumas, ni desprestigia la labor educadora de la pareja. Lo pusieron a caer de un burro, se lo pueden imaginar. “Mira que llamo a Mendoza”, amenazaban las madres. Iba camino de convertirse en el apóstol de la sí violencia.
Menos mal que Elvira Lindo, Javier Marías y otros se alinearon en su bando, y al ver que no estaba solo bajó la presión y no le pegaron.
Por otra parte, una organización dedicada a la defensa de los derechos del niño, como es Save the Children, estima que el 58 por ciento de los adultos españoles son partidarios de las azotainas cuando se han agotado las vías pacíficas.
Sin embargo no me pega, nunca mejor dicho, que Mendoza ni sus defensores estén incluidos en ese 58 por ciento. Cualquier padre con cierta experiencia entiende a las mil maravillas que entre el uso de la violencia y la rendición ante el berrinche existe una amplia franja de reacciones para hacerle entender al macaco que tiene la batalla perdida y que mal le van a venir dadas si insiste en su actitud terrorista de la pataleta pijotera. Eso se explica una vez en la vida y el común de los infantes lo entiende a pies juntillas. ¿Con cachete? Hombre, a poder ser, no. Si por cachete entendemos cierto uso de violencia, a quien le duele la mano es al padre, y si andan todo el día a golpes, eso no es educación sino tortura.
No hacen falta muchas luces para entender que ni Mendoza, Lindo o Marías son partidarios de la violencia, como dice la encuesta, pero que los tres defienden la posibilidad de que los padres corten a la mayor brevedad posible la insurrección de los pañales.
De lo contrario no nos debería extrañar que en algunas aulas se intente linchar a los profesores.

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