El otro racismo

A nadie debe extrañar que los abucheos dirigidos contra los jugadores negros del España-Inglaterra estén siendo considerados como la manifestación de un racismo repudiable, pues no basta con ser ciudadano del mundo, también hay que parecerlo.

Otro aspecto es que en el origen de esa estúpida reacción de la masa anide un auténtico sentimiento racista más allá del que puedan representar grupúsculos de descerebrados que abanderan el odio entre razas como demostración de su propia incapacidad para comprender el universo que habitamos.

No hace falta que ningún inglés se lleve las manos a la cabeza escandalizado por el racismo español, de la misma forma que nosotros sabemos distinguir entre el comportamiento de los vándalos hooligans fuera de las islas, y el del pueblo inglés. Ni siquiera cuando asistimos horrorizados a la matanza de Heysel _ y eso sí que fue trágico _, se cayó en la tentación de calificar al pueblo inglés como una pandilla de asesinos.

Más preocupante que la anécdota arrancada de una frase de Luis Aragonés en el fragor de un entrenamiento resulta toda esa violencia soterrada con la que algunos aficionados entienden su relación con el fútbol sin necesidad de que intervengan sentimientos racistas por ningún lado.

Produce verdadero asco contemplar cómo muchos padres se hacen acompañar de sus más tiernos infantes para que les vean desgañitarse en insultos, blasfemias y amenazas de muerte contra árbitros, jugadores o presidentes durante una hora y media de cada sábado o domingo. Ese niño entenderá rápidamente que para ganar al Rácing de Avellaneda lo más efectivo es cortarle el cuello al defensa central, dudar del origen familiar del árbitro y hacerse de cuerpo por encima del presidente. Todo ello muy democrático y sin la menor brizna de racismo, pues el padre tanto se cisca en los blancos como en los negros.

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