El invasor impasible

En este país suceden cada día dos o tres revoluciones sin que nos demos cuenta, y a lo mejor lo que pretenden es que sobrevenga un cataclismo y tampoco le prestemos la más mínima atención. Son cosas de la democracia, dicen. Carajo.
Un día hay una nación y al siguiente hay cuatro volando, dos en ciernes, tres realidades nacionales y una entidad vuelta y vuelta. No es de extrañar que vengan muchos turistas a vernos, pues con un par de excursiones que hagan se llevan una imagen muy variopinta.
Lo último en este plan han sido las críticas al discurso del Príncipe por defender el espíritu del consenso y la vigencia constitucional. Le han dicho que es un mensaje sesgado, nada menos; que lo suyo habría sido proclamar la Constitución como “cosas de papá” y anunciar el nuevo orden basado en la reforma, aunque no se sepa muy bien de qué va.
Para conseguir el río revuelto más propicio, la clave pasa por decir que todo es normal, salvo lo que realmente lo es. Que el Príncipe, mientras no exista otro ordenamiento, defienda la Constitución debería ser considerado como lo más normal. Sin embargo, eso es sesgar el debate político. Por el contrario, proponer que el Estado se cuartee como barro seco, es lo adecuado, lo corriente y lo moliente. Y la verdad es que si seguimos oyéndolo en boca de los golfos recomponedores, aquí va a ser muy pronto anormal que al día suceda la noche y otros detallitos que venían siendo aceptados desde Sosígenes, el padre del calendario moderno.
Y mientras esto ocurre, echamos un vistazo a nuestro alrededor y sólo vemos tecnología alemana, componentes franceses, diseño italiano, automóviles chinos y cuberterías suecas. Nosotros somos tan chulos que nos importa un pimiento ser colonizados. Eso sí, con mucha independencia para decidir por quiénes queremos ser invadidos. Cualquiera vale, menos los españoles, por supuesto.

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