Norte y sur

No hace falta ser catastrofista ni incendiario para determinar si el Estatut catalán vulnera o no la Constitución. Hasta sus propios redactores dicen que sí, que se la pasa por el arco de triunfo dos o tres veces, como haría una manzana con la ley de gravedad deteniendo su caída a tres metros del suelo. Si es así, por mucho que ZP les haya prometido aprobarla sin tocarle una coma, ese texto no puede salir adelante, a riesgo de que esto se convierta en patio de Monipodio donde cada hijo de vecino elija qué normas gusta de cumplir y cuáles no.
Si en la propia Cataluña su Parlament no ha sido capaz de comprender la grandeza del consenso constitucional, mientras éste no se modifique, su texto queda fuera de la ley sin más monsergas. Dicen que es una patata caliente para el Congreso. Bueno, que lo sea y que actúe en consecuencia.
Naturalmente que sería mucho más bucólico y pastoril recibir un texto como el valenciano, pactado entre casi todos y acorde con la Carta Magna; pero pensemos que Cataluña está actuando como el niño incontinente que a la hora de escribir la carta a los Reyes Magos emborrona una docena de folios con el catálogo completo de Toisarás. En algún momento tendrán que intervenir los padres para decirle:
_Mira, monín; ni existen los Reyes, ni tenemos dinero para comprarte la multinacional del juguete, ni es bueno que dejes a los demás niños a dos velas.
En caso contrario, si el Estatut, por muy alto que clave su pica, está dentro de la legalidad vigente, que se apruebe sin problemas. Listos que son ellos pidiendo.
Ni catastrofismo, ni manos a la cabeza, ni mucho menos, brazos en alto. Porque si no, da la impresión de que toda España, y su presidente a la cabeza, ha perdido el norte. Y de momento, que se sepa, sólo estamos perdiendo el sur, ese sur que limita con Marruecos y al que ya le hemos dicho con toda claridad que tiene un poco abandonada su política de fronteras.

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